21 julio 2008

Lunes por la madrugada

1
Acabamos con Malala de volver de una noche con amigos, movimiento final de un día feliz. A eso de las 0.10 ella nos dijo a los otros seis reunidos: “Les agradezco profundamente a todos que ninguno haya mencionado el Día del Amigo”
El don es darse. O, como afirma cierto ominoso alemán, el virtuoso no espera recompensa (aunque llegue a disfrutarla).

2
Mi tarde fue casi toda ofrendada al ocio más improductivo, “estéril” diría el sórdido, aunque nuestro oído nunca podría dejar de escuchar sólo un “dolce far niente”. Mi domingo amaneció exactamente a las tres y veintiocho (justo cuando me desperté), y todo su tierno inicio estuvo dedicado a los placeres de la carne, por decirlo de un modo más o menos parroquial, o dominguero.
Habrá sido a eso de las cuatro y media que decidí ir a nuestra panadería amiga para agenciarnos unas vituallas (sánguches de miga y facturas de ricota y manzana). Cuando volví, al sorprender a Malala frente al monitor de la computadora, decidí clavarme por Films&Arts la novena de Beethoven. Con Barenboim a la batuta de no sé cuál sinfónica. La rompieron. “¡Beethoven-Schiller! Otra que Lennon-McCarntey...”, exclamé de lo más tribunero cuando ya “diosa alegría, tu magia vuelve a unir lo que el mundo había separado” cantaba el coro subtitulado sobre un ataque de arcos, vientos y timbales, hasta generarme unas locas y redimidas ganas de ir a abrazar a todos (a todos los no odiados, no confundamos) e incluso delirantes anhelos de tener un fagot entre mis manos.
En un momento Malala me dice, más descolgada que nunca: “Feliz día del amigo”. “Yo no soy tu amigo, Malala.” “Sí, vos sos mi amigo, Ariel.” Y yo la adoré.

3
A eso de las diez emprendimos la caminata por las cuadras que nos separaban de la casa de Luz. Aproveché a liquidar los restos de queso y guacamole (con cilantro) mientras Rodrigo me comentaba que le había gustado este post de Mundo Perverso, pertinente epílogo de estos agitados cuatro últimos meses.
Cuando empezábamos a atacar las papas y batatas al horno que Luz estaba acercando, comprobamos que faltaba algo de alcohol. Googleé un poco, pero sin éxito. Federico retomó la búsqueda de un delivery de guardia y lo logró.
Finalmente, toda prohibición habilita un cohecho y el lucro prospera sobre los límites de la restricción.
Las tres cervezas y el vino llegaron veinte minutos después, a un costo de 39 pesos (más tres de propina).

4
Más tarde hablamos sobre un amigo de otra época, un economista que recientemente no quiso ir al cumpleaños de uno porque no quería cruzarse con nosotros. Dije: “Nuestra polarización fue creciendo por los dos lados. Él llegó al exremo de ser un cavallista en pleno naufragio de la Alianza, pero sin embargo se empacaba en explicarse nuestro el distanciamiento acusándonos de «petardistas» («hipócritas», llegada su máxima confusión), porque no podemos escindir ideología y amistad".
Como si ideología y amistad no fueran partes de la misma cosa, como si el juicio y el afecto no fueran siempre parientes.

5
En un momento, llegó Matías, a quien le señalamos que el rapado que se había hecho para superar un excesivo rebaje de patillas tampoco le había quedado bien y que tenía que pasarse de nuevo la máquina. “No podés ir a ver a un cliente con esos pelos.”
Finalmente, algunos recaímos gozosos en la charla sobre el conflicto del campo. Diego, economista y pequeño productor sojero, me dijo: “Yo tengo que decirte que, si es por mi situación personal, estoy a favor del campo: alquilé cien hectáreas para [yo] producir soja, y voy a perder guita por estas retenciones aplicadas apenas antes de la cosecha”. “Bueno –respondí a bocajarro–, porái estés muy al límite y ese negocio no sea para vos.” Estuve dispuesto a bancarme un carajeo. Pero no, para nada. Me respondió, sonriendo de coté: “Y sí... porái tengas razón”.
Y por su ausencia de ofuscación lo inscribí dentro de nuestro círculo.

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