
Sabemos o recontrasabemos, más o menos desde los 3 o 4 años, que el viajar es un placer. De tal modo, Malala y yo partimos hacia Bariloche, con destino final –aunque también sabemos que todo final es provisorio (menos la muerte, claro)– Lago Puelo, pueblo de la comarca andina de la latitud 42º. A partir de aquel recalcitrante saber, y de nuestro propio malestar en la cultura, poco nos importó que por desconocidos motivos el trayecto hasta Bahía Blanca haya demorado dos o tres horas más de lo habitual. En definitiva, por delante quedaban las buenas horas de esas hospitalarias montañas.
En la duermevela del viaje en Coche Litera (para Cama le faltaba un poco), llegamos a Cipolletti. Parpadeamos un par de veces, y de a poco nos fuimos haciendo a la agradable idea de bajar a estirar un poco las piernas y, de paso, conseguir entender que lo que decían las voces que terminaron de despertarnos era que teníamos que desviarnos para llegar a Neuquén. Pero no nos importaba. Después de Bariloche todavía nos quedaba el camino hasta El Bolsón, donde nos recogerían una suerte de tíos de Malala para llevarnos hasta su casa en Puelo: todavía faltaba mucho y lo mismo daba si eran diez o trece horas más.

Lo que sí: recién paseaba por la feria de El Bolsón, con mi conciencia política soterrada bajo la función turística y las fantasías de escape, hasta que un cartel me acomodó la mirada. Era de una organización de mayoría mapuche que, en repudio del asesinato de Fuentealba, decidía no abrir este sábado: “Mientras ustedes compran y nosotros vendemos, ellos asesinan”. Comprendí que, aunque recién llegado, ya era parte de la casa. Y sonreí con ironía y ternura. Y me sentí bienvenido.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario