19 marzo 2008

Lección 1: el lodo a los podridos, la vida es lo más grande

Pensar en algo.

Existencialismo de pacotilla por si me olvido lo básico
En las vacaciones pasadas, Malala y yo nos vimos sometidos a cierta pobreza musical. Los compacts existentes en el hogar eran pocos; algunos, impracticables. De modo que hicimos de la carencia virtud y aceptamos escuchar a repetición, entre otros, En directo de Serrat. Una vez asumidos los límites, la búsqueda del goce generó un sustento simple y eficaz: era un disco que acompañó nuestra niñez y adolescencia, y por lo tanto lo vivimos como tiempo recobrado y hasta como emoción rediviva. En mi caso, “Cantares” no ha dejado de emocionarme desde el momento en que musicalizó la últimas imágenes de La noticia rebelde, cuyo levantamiento y posterior reemplazo por Raúl Portal viví como el primer perjuicio del menemismo en mi vida cotidiana.
Por ese tiempo, solía sostener dilatadas conversaciones con Paula Monteagudo, a quien le señalé una vez que “Para la libertad” era otra gran canción de Serrat. Y recuerdo que ella relativizó mi juicio más o menos del siguiente modo: “Pero, Ari, pasa lo mismo que con «Cantares», no es Serrat, es Hernández”. Y si bien a la vuelta de las vacaciones comprobé la verdad que había en esas palabras (la versión de estudio es una muerte comparada con la de En directo, mucho más sentida y andante), en Canelones me ganó un fervor que no sentía hacía tiempo, y la ponía en repeat para disfrutarla en el presente y recordarla en el futuro. Cuando finalmente logré lo segundo, le prometí a Malala regalarle un libro de Miguel Hernández (promesa que aún no honré).
Hoy, recién, le contaba a Matías esta gozosa sorpresa. “Hay algunos versos que son maravillosos: «Porque cuando dos cuencas vacías amanezcan...” “Ella pondrá dos piedras de futura mirada”, completó él, tampoco indiferente a esos versos. “Sí, es muy optimista”, completó. Y yo objeté: “No es optimismo, es aguante”, y debería haber agregado “y ganas de celebrar la latencia y la potencia”. Ahora juzgo irrelevante mi objeción: el optimismo no es candidez, ni creencia pasiva, ni perversión interpretativa, ni bolazo falaz ante la realidad desnuda. A eso lo han reducido insignes pelotudos y mercaderes de la resignación. Pero donde hay una batalla perdida, hay otra por librar. Tarea para el hogar: recuperar el optimismo como valor, tener el corazón dispuesto, y si bien hay que joderse -tal como sostiene Sasturain en "San Jodete, apóstol de la desgracia"-, no por ello hay que retraer las antenas como un caracol.
Claro está que resistir no es vencer, aunque eso diga algún graffiti negador, pero es necesario. Una frase optimista que llevo guardada para siempre fue dicha por Kafka a Max Brod en el cénit de su propia impotencia, en vísperas del apogeo nazi: “Claro que hay esperanza, sólo que no para nosotros”.

Ejemplo fuera de foco de árbol talado que retoña.

Nosotros, al menos Malala y yo, siempre tendremos “Para la libertad”, segunda parte de un poema titulado “El herido”:

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo,
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad, siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad, me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

Lo triste ya lo sé, ahora debo averiguar el resto. Moriré, y no sin sufrimientos, pero ahora estoy en otra. Será que ayer volví a ver Despertando a la vida y todavía estoy bajo el alcance de sus efectos benéficos.

Representación del momento sagrado.

16 marzo 2008

Yendo de casa al trabajo y de Capusotto a Palau

Diego Capusotto según Rolling Stone

El viernes pasado fui a La Catedral para festejar el cumpleaños de mi amiga Luz. Hacía rato que no iba allí, así que en parte me asombró lo cambiado que estaba el lugar, si bien conserva su clásica entrada de tugurio y sus oscuras escaleras-pasadizos, ya arriba, su salón está dispuesto para satisfacer a la folclórica gringuería y el vegetarianismo consuetudinario. No está mal de todos modos; al menos se puede fumar y fumar, como en los viejos buenos tiempos de aquella Buenos Aires festiva previa a Ibarra y Macri.
Mi asombro se completó antes de entrar en el ámbito. Parado frente a la mesa de entrada, medio perdido por desconocer el protocolo, le digo a la recepcionista: “Hola...”. En eso noto que a mi izquierda había un cabello menos enrulado que revuelto que me causaba cierta gracia inconsciente. Lo miro apenas, casi de soslayo. “Hola...”, le repito mi demora a la recepcionista. Y ahí caí: volví a mirar de frente al sujeto y vi lo que suponía encontrar. Era Capusotto. Me reí –no pude evitarlo– y, casi para justificar mi impertinencia, le dije: “¿Qué hacés? ¿Cómo andás?”. “Bien, todo bien, loco. ¿Y vos?” “Vengo al cumpleaños de Luz”, fue tanto mi respuesta para él tanto como la continuación del intercambio con la recepcionista.
Un rato después cayó Santaolalla.

Hoy domingo fuimos al trabajo con Malala. La inminente salida de una nueva revista femenina en medio de un cierre general para el resto de las revistas que se preanuncia agitado fue el motivo de la excepción a la regla. Raro todo. El espacio de trabajo, casi desierto, con algunos sujetos –como yo– en short y camiseta, me resultó tan familiar como siniestro. Y aun así, su parque a pleno sol, invitaba para la ensoñación de creer que ese jardín, ese roble, esos álamos, en alguna medida me pertenecen. Y no es mentira.

Mientras tanto, en Buenos Aires, otra hora comienza. La hora 25, con el correspondiente desembarco de Palau y su tufillo a “la continuación de la guerra por otros medios”. Va a estar bueno Buenos Aires, ta bien. El tema es cuándo. "Y, Mauricio... calculale un fangote así de grande..."

09 febrero 2008

Silvia Prieto se filmó acá

Viernes, 7.43 de la mañana. Sábado más bien. Dentro de 24 horas estaremos en viaje hacia Montevideo, vía Cacciola (de lo nuestro, lo mejor –y lo más barato–). Mi noche se deshizo en medio de la fiesta de casamiento de Nuni (hermanastra entrañable de Malala) y Maxi, con la que sus organizadores –padres, tutores y encargados– han renovado largamente sus laureles de anfitriones.
Tal vez una de las razones de tal triunfo –amén de la canción “Menos mal” de Andrea Echeverri para el momento sensible y del champán de Finca La Linda para ese y todos los demás momentos– haya sido la razonable brevedad de la lista de invitados, sin mayor abundancia de extras, que son quienes mejor la pasan en este tipo de festejos, en desmedro del decoro, la intimidad y la cordura. Sin embargo, extras hubo, sin ir más lejos, yo, que tan bien me muevo en general en ese rol. Pero ya inmerso entre los ochenta invitados, modifiqué mi canónico protocolo de gula-embriaguez-danza espasmódica-black out por la libación moderada y la conversación ávida de curiosas novedades.

Noticias de ayer: Ariel Solito es mi nombre y, como todos con el suyo, lo he repetido incesantemente en todas las presentaciones que encadenan una vida, en este caso la mía.
“¿Nombre?” “Ariel Solito.” “Pobre, está solito...”
“¿Nombre?” “Ariel Solito.” “Pero hoy viniste acompañado, eh...”
“¿Nombre?” “Ariel Solito.” “¿En serio? ¡Ja ja ja!”
Siempre así, con todas sus leves e innumerables variaciones. En la facultad incluso pretendí restituir la pronunciación de origen de mi apellido, resignado a que los retruécanos más básicos se repitieran también en la casa de altos estudios.
“¿Nombre?” “Ariel Sólito.” “Insólito su apellido...”
Vencido ya ante la fatalidad del chascarrillo, volví al Solito y su putativa soledad, y deseché el Sólito y toda su bucólica cotidianidad. Incluso he llegado a consolarme por tener un apellido-adjetivo y no uno verbo, como Lozupone, Baibiene o Manduca, y así me dejé ganar por el aura de la soledad.

¡Extra! ¡Extra! “¿En serio no te acordás?”, me dice en la mesa uno de los comensales, apenas menor, que cursó, al igual que yo, de primero a tercer año del secundario en el colegio industrial de Bunge y Born, una minimísima institución que graduaba cada año no más de veinticinco técnicos electromecánicos. “Para nada, y no sabés cuánto lo lamento”, le respondo. “Te cuento, entonces. Era fecha de recuperatorios. Yo había terminado de rendir Taller y me fui a cambiarme al vestuario. Me saco la camisa, los zapatos, el pantalón, y recién cuando estoy en calzoncillos y medias caigo en la cuenta de que un hijo de puta se llevó mi uniforme de cursada. Empiezo a putear, primero bajito y después a los gritos. Entre puteada y puteada, oigo que un profesor de taller, Mancini (el más turro de esa manga de fachos), me pregunta quién grita y que salga inmediatamente al patio. Yo abro apenas la puerta del vestuario y le digo que no puedo salir porque estoy casi en bolas. Después de un pequeño quilombo, y tal vez de un par de amonestaciones, aparece mi ropa. Cuando estoy casi vestido, vuelvo a escuchar el vozarrón de Mancini: «Solito, venga para acá». Me apuro y lo primero que veo cuando salgo es a vos caminando hacia Mancini, que te abaraja de volea con su clásico «¿Y usted qué carajo hace acá?». «Vengo. Vengo porque usted me llamó», le dijiste vos, tranqui. «Yo llamé a Solito, Ariel Solito. ¿Usted se llama Ariel Solito acaso?», medio batateándote, como siempre bah. Vos lo miraste y, sorprendido por la obviedad, le dijiste: «Exactamente: Ariel-Solito». Ahí al tipo se le retorció la cara y como un manotazo de ahogado me mira y me manda un «¿Y ahora usted me va a decir que también se llama Ariel Solito». Y yo, que ya sabía de vos pero nunca te había visto, lo miré a Mancini con la alegría solapada de quien es testigo del ridículo del tirano, y le respondo (te diría que con una sonrisa, irreprochable por otro lado por lo excepcional de la situación): «Eso mismo: Ariel-Solito». «Ma sí, váyanse a cagar», dijo revoleando el brazo derecho para atrás mientras se daba vuelta para salir pronto del entuerto. Y la verdad, qué querés que te diga... yo lo viví como la venganza de los Solito contra el más hijo de puta de todos los hijos de puta.”

Debo de haber bloqueado ese recuerdo desde el mismo momento en que se produjo la situación (ya por nominal herida narcisista, ya por los nervios por mi propio recuperatorio, o por ambas). Esa es la única explicación que le encuentro a haber olvidado el prodigio y a que, ante cada nueva tematización de nuestra tocayitud, me sorprenda como cuando recuerdo una pareja que conocí a mediados de los 90 –formada por Lorena Baibiene y Andrés Konstante– o cuando, despertándome agitado por la hora y las obligaciones pendientes, me digo con alivio “¡Pero si hoy es sábado...!”.

A la derecha, Ariel Solito; a la izquierda, también.

06 febrero 2008

Olivia



Palpitando las vacaciones.


Addenda:

Aquí, el Tito del que se habla en los comments:


(es como si fueran primos)

24 enero 2008

¿A ver a ver cómo es eso?

Si uno hoy hace la búsqueda «“tren bala” rosario córdoba», encuentra como segundo acierto una noticia de Clarín, de abril del año pasado, en la que dice que el tren de alta velocidad costará unos 1320 millones de dólares. Tal información es confirmada por Perfil, La Voz y La Gaceta, digo, como para dármelas de federal. La Nación por su parte, siempre mucho más metódica en el seguimiento de las cuentas oficiales –en general cuando estas son kirchneristas o aliadas–, coteja los anuncios con lo que figura en el presupuesto para este año y afirma que el costo total de la obra, según lo presupuestado por el mismo Ejecutivo, asciende a 11.627.415.143 pesos.
Por lo que se ve, es más caro el camino rumbo al NOA. Por otro lado, el proyecto arrastra el halo nocturno de toda modernización megalómana, al menos en un contexto como el argentino, con déficit infraestructurales muchos más urgentes. Aun así, para un proyecto de tal envergadura, no parece doloroso abonar cuatro cómodas cuotas anuales de 900 millones de dólares, con tal que lo terminen, claro, y podamos al mediodía comer un dorado en Rosario (pongamos que en la bajada España) y tomarnos un fernet en Córdoba capital ya a la tardecita. Todo sea por la integración argentina.
Más o menos esto último habrán pensado Cristina Fernández y Mauricio Macri cuando acordaron llevar adelante acciones conjuntas para el soterramiento del ramal Sarmiento e los tramos Caballito-Liniers-Moreno. Según La Nación, “el Gobierno evaluó que no le convenía enfrentarse con un mandatario que ganó con el 60 por ciento de los votos y Macri concluyó que a él tampoco le servía quedar fuera de la lista de obras que financia la Casa Rosada”. Yo hasta podría compartir la descripción. Lo que no termino de entender, más allá de que una de las empresas que llevará adelante las obras pertenece a un primo de Macri, es cómo puede costar casi lo mismo el tendido de 700 kilómetros de un tren de alta velocidad que soterrar 32 kilómetros de un tren decimonónico. Cuesta 1000 millones menos, un 9 por ciento menos. No lo entiendo.
Bah, entender, creo que entiendo, lo que no tiene es remedio.
Addenda
Ambos datos monetarios constan en el anexo al artículo 11 del presupuesto.
En línea con los grandes proyectos infraestructurales, este aporta su granito de arena a la incesante palermización de la ciudad de Buenos Aires y a su correlato monetario: el encarecimiento de la vivienda (¡vida paria en la burbuja inmobiliaria!).

23 enero 2008

Bolsa de valores: a la baja

¡Ay, la fama, la fama! Maldita estragadora que levanta monumentos desde el barro, luego esparce pátinas perfectas sobre objetos que no lo son y así nos arrebata la chance de tocarlos y, por consecuencia, de conocerlos al dedillo. La fama y la genialidad son las hijas putativas de dios y la trascendencia, conceptos derivativos nunca corroborados que circulan orondos por la opinión y el juicio (como si estos fueran la misma cosa).
Como iba diciendo: Malala se compró un futón. Para el estreno, El Padrino III. El plan perfecto: observar, entre el sillón y el dvd, el magnificente ocaso de una familia brutal, en la consabida solvencia de un cineasta mayor. Coppola, el renovador de las formas del cine estadounidense, y el final de su obra consagratoria.
Ni mierda: El Padrino III es un fiasco. Hace unos días habíamos visto las otras dos. La primera, impecable, como podría esperarse de quien dos años después dirigiría La conversación, ese perfecto panegírico del encierro y la paranoia. La II, con su narración paralelística, oscila entre la belleza y la intrascendencia, amén de que como historia cerrada queda boqueando, invocando ansiosa una secuela. Pero la secuela llegó dieciséis años después, podríamos decir, ya en las postrimerías del talento del director, quien entregaría sólo una muy buena película más (Drácula). Incluso hay planos que parecen sacados Drácula, en una suerte de ensayo que le perpetra a la saga una fatal ruptura de su primigenia isotopía estilística. (También Al Pacino practica, para el futuro, su rol genérico de galán maduro con que asombraría a nadie en Perfume de mujer.)
De modo que en mi misérrima bolsa de valores, Coppola cae un 8 por ciento y ratifica la tendencia volátil del mercado, tal vez como efecto contagio de la crisis mundial, correlato financiero de un mundo desbaratado por sus propios dueños.
(Por el contrario Alta fidelidad sostiene estables sus valores, con una leve tendencia al alza.)

17 enero 2008

Help!


No sé cuántos veranos hace que no paso enero en la ciudad. No es tan grave lo de los posibles cuarenta mil grados de sensación térmica como las cosas que leo en los diarios y pasan en mi oficina y zonas aledañas.
Me quiero ir. Macri me deprime, Michetti me paspa y los comentarios de los lectores de La Nación me crispan los nervios.

07 diciembre 2007

X cuestión

Es viernes, son más de las siete de la tarde y este edificio donde trabajo está prácticamente desierto. El lunes se ha decretado asueto, así que me predispongo alegremente hacia un fin de semana largo. En la oficina de al lado hubo una fiesta de despedida del responsable, y cuando digo fiesta quiero decir exactamente fiesta: fernet con coca, champagne y vino, dance y regalitos + música a todo volumen.

La semana que viene va a ser otra cosa, pero por el momento disfruto de este letargo levemente alcoholizado:

M y G , los espero con los brazos abiertos... ¡y los puños cerrados!

06 diciembre 2007

Lo malo y lo feo (lo bueno te lo debo)

Es sabido: si de prohibiciones programáticas hablamos, una especial celdilla de tal planilla de cálculo está reservada a la propaganda. Que tal discurso es necesariamente mentira (o, socialdemócratamente dicho, “necesariamente es una no referencia a la realidad cotidiana de sus consumidores”) lo sabe todo el mundo, al menos todo aquel que se haya puesto a pensar qué es y para qué existe la publicidad. En virtud de lo dicho, la campaña más odiada últimamente por mí es la de Sprite y su “las cosas como son”, ya que básicamente se dedica a decir: “Sos un gilastro. Por suerte podés tomar Sprite”.
De modo que, si de detestar ideológicamente algo hablamos, no hay propaganda que me guste. Pero a veces hay ejemplos (“acciones” es la palabra elegida por los gerentes de marketing) que se van a la mierda, por toda su intrínseca fealdad, y por las consecuentes contradicciones que ella genera en el interior del spot. Así que, señoras y señores, sin más ni más, con ustedes, lo que es para mí la peor propaganda del año, lejos:
La foto la tomé de sabadoalas9.wordpress.com, cuyo último post hasta este momento es un instructivo sobre cómo divertirse con cinco pesos (y ojo: ¡ sin gastarlos!).

29 noviembre 2007

Y si mañana es como ayer otra vez...

Volver nunca es fácil, ni a casa, ni de vacaciones, ni a escribir un post, ni a la dura realidad de saber que toda libertad se cuaja en una sopa de coerción. (Los días pasan, uno a uno pero como en manada, como combos semanales.)
Hace algo así como un mes, integraba informales asambleas gremiales donde discutíamos la forma de reapropiarnos, cuanto menos dinerariamente, de parte del producto de nuestro trabajo asalariado. Días después despedían a una compañera. Y después... las razones esgrimidas por la empresa fueron de manual, tanto como sorprendente el hecho de que algunos compañeros las hicieran propias. Y después: según la patronal, 2008 nos es presentado como el año en que ganaremos entre un 20 y un 30 por ciento más. Y a mí me asombra tanto que no termino de aceptarlo; y entonces me pregunto si en ese aumento incluyen el pasaje de tickets a dinero, o si sólo es una promesa lanzada a volar para ser bajada, luego, por la gomera de un “lo que pasa es que el gobierno tal y tal cosa...”.
Hace un mes, en interiores, me preparaba para dos eventos que tendrían lugar en la semana siguiente: vacaciones litoraleñas y refacción hogareña. Las vacaciones estuvieron bárbaras, con un penúltimo día de 40 kilómetros en bicicleta por el Palmar de Colón que fue un delirio total, pero bien. La pena llegó el último día, a horas de regresar, cuando perdí la cámara de fotos de Malala... y su pen drive, y todas nuestras fotos.
Respecto de mi casa, volví con el trabajo a medio terminar; y cuando finalmente estuvo más o menos terminado (el domingo pasado), se desprendió la manguera que conecta gas con el artefacto-cocina y se prendió fuego el bajomesada.
Por otro lado, el odiado Banco Galicia, luego de pagarle 1062 pesos quince días después de haber tomado un “préstamo” de 990, me cobró una multa de 150 por haber sobrepasado en 90 pesos la cota por ellos estipulada. Recapitulemos: me dieron 990 cuya devolución completé quince días después; por tal servicio, me cobran 210 pesos; es decir, me prestaron a una tasa de un 40 por ciento mensual. (Aclaración: no estoy de ánimo para que me digan que “tasa” y “multa” son dos cosas muy diferentes; y, entre otras cosas, no estoy de ánimo porque 60 pesos difieren de 210 sólo en la magnitud, mientras que las condiciones de posibilidad de tales beneficios son en ambos casos las mismas.)
Por suerte Malala se compró un nuevo reproductor de DVD (el quinto en cinco años). Porque, la verdad, en este momento vería de nuevo el final de Zabriskie Point, esa explosión en que todo sale despedido de un centro fijo hacia una circunferencia siempre en ciernes. De hecho, esta espera del próximo gobierno, tiene para mí un movimiento similar: nos despegamos, saltamos, quedamos suspendidos, miramos hacia abajo, hacia arriba, y también hacia los lados, sólo para –cuando estamos por hacer tierra de nuevo– empezar a avizorar con quién haremos alianza.

Por suerte está YouTube: http://www.youtube.com/watch?v=9rxpfO90mg8. Alrededor de los dos minutos y medio, queda claro que... ¡¡vienen por el agua!! (Je je... En serio: es para verlo todo, pero después de los 5’ 10’’ es sublime.)