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12 marzo 2011

In memoriam

Creo que sólo dos veces lo mencioné antes de esta en este blog: David Viñas ha muerto.
La tercera es la vencida.

05 septiembre 2008

La vida y el forraje (El mundo según Monsanto)

Ver El mundo según Monsanto y recordar intermitentemente las conversaciones con Rodrigo –acerca de la decadencia práctica del sistema científico en su conjunto: su norma, su función y su valor– fue todo uno. También recordaba la conversación impulsada, humeante locro mediante, por su cocinero, que se despachó no sólo con que era seropositivo sino también con que había zafado de los tenebrosos protocoleros. (Dícese “protocolero” al médico –a veces eminente y reputado– que promueve la incorporación de pacientes en protocolos de investigación, que mientras promete locuaz un milagro inminente calla que algunos recibirán placebos, tributo incontrastable del imperio del método científico: el grupo de control. Ampliaremos.)
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(En el 2000 frecuenté mucho el verde marco de la Facultad de Agronomía, al menos lo que aún quedaba sin alambrar. Me iba allí a estudiar al sol, o a la sombra, según. También pasaba mucho en bicicleta, rumbo a mi facultad. De modo que pude conocer algo de su cultura, encapsulada por una institución ecológicamente aislada de la población que la rodea. Así fue que me asombré tanto por el excelente estado de los edificios como por los grandes carteles (más institucionales que publicitarios) de empresas clave del rubro, cuyos nombres ahora no recuerdo, pero que seguro siguen ahí prosperando. Más grabados me quedaron dos graffiti: “Shuberoff ladrón: la Agronomía es parque público” y “La inocencia no mata al pueblo, pero tampoco lo salva”.)
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Retomando:
Las palabras de una militante india son sabias. Más o menos, dice que en la India hubo dos “revoluciones verdes”: la tecnificación estructural de la agricultura impulsada por el Estado hace unas décadas y la desencadenada por Monsanto en las milenarias plantaciones de algodón (del que la India es el tercer productor mundial). La primera revolución, hegemonizada por el Estado, si bien solapando los beneficios económicos del polo agroquímico, expandió la producción de alimentos y, consiguientemente, mejoró la vida de los indios. La segunda, por el contrario, persigue únicamente las ganancias empresariales y la consecuente monopolización agropecuaria.
Por lo demás, tanto la India como Oaxaca (México) sufren la hibridación perniciosa de sus cultivos autóctonos. En el primer caso, producto de una suerte de caballo de Troya: la introducción masiva de algodón transgénico, iniciada por la promesa de rindes que lloverían como maná, pero que terminó apestando las especies locales y, de paso, disparó las ventas de agroquímicos varios. El suicidio viene siendo una de las soluciones más frecuentadas por los agricultores indios. Otra, menos usual, es la revuelta campesina, como en 2006.
En el segundo caso, la estrategia fue más ladina aun. Prohibida por la legislación mexicana la explotación agropecuaria de productos transgénicos, la empresa encontró en el NAFTA el artilugio pertinente: la exportación a México de baratísimas semillas de maíz modificado, que aunque no podían plantarse sí podían caerse aquí y allá, echar raíces y, tarde o temprano, hibridar las especies autóctonas hasta generar mutaciones aberrantes. Por descubrir el juego del monopolio –a partir de la simple observación de las mentadas deformidades–, un agrónomo se vio sometido a una campaña de injurias y falsedades sostenida por no pocos prominentes integrantes de la comunidad académica globalizada, empleados más o menos permanentes de las empresas líderes de la brutal movida planetaria.
En Paraguay se dio un caso similar: en 2005, el gobierno paraguayo revocó la prohibición de la soja transgénica alegando que lo hacía para blanquear una situación preexistente y en expansión, con lo que renovó el perjuicio para las comunidades rurales.
En Iowa y Anniston –en los mismísimos States– recurrieron, respectivamente, al clásico apriete mafioso a agricultores para hacerlos esclavos de los productos del monopolio y a la contaminación masiva para hacer uno de esos productos. Total, y vayan como botones de muestra, unos de sus directivos fue Donald Rumsfeld y la legislación fue hecha a medida por otro ex empleado y democráticamente votada por el Congreso en tiempos de Clinton (creo que 1995).
En Argentina pudieron prescindir de buena parte de estas acciones cuasimafiosas (desde ya que no de la usurpación de las tierras comunales, ni de la tala y la fumigación a mansalva), porque fue por ley que se les hizo aquí el campo orégano a los transgénicos. En 1997 (creo), este país fue el primero de la región (el segundo o cuarto del mundo) en legalizar tan pingüe y ominosa industria, una agricultura de escala, sin agricultores y, en buena medida, sin alimento humano: desde la vaca loca, la soja se convirtió en el forraje de cabecera de los ganaderos; otros cultivos se destinan a los biocombustibles; lo que queda son las miguitas del pan nuestro de cada día, a seis pesos el kilo.
En Europa no se consiguen transgénicos, están prohibidos.

(De este documental también me enteré bloguenado: en los diarios no hablaban de él. Por otro lado, la 125, mal o bien, le ponía un techo a la expansión. Ponele que mal. Pero viendo esto, el descarnado futuro me invadió como un vacío en el estómago.)

09 septiembre 2007

Esto NO es transparente



PD 1: de la Tribunísima de Opinión del jueves (miércoles porái) de la semana pasada.
PD 2: gracias, Sereneider (por el formato, ¿vio?).
PD 3: un amigo me dijo "Esto un par de votos te pianta...". Y yo me reí asintiendo.

07 agosto 2007

“La crisis causó 2 nuevas muertes” (Por la boca come y muere el pez)

Redondeando, podría aburrir repitiendo que La crisis es ante todo un documento porque se sostiene en fragmentos de verdad, esa verdad que siempre emana de las personas interpeladas sobre eventos que las tienen como protagonistas. Los acontecimientos documentados. Como cuando D’Elía nota en su fuero interno que se está yendo a la mierda con su argumentación anti agrupación Aníbal Verón, y remata a la defensiva: “Y digo esto aunque después me digan: «Eh, D’Elía, vos sus un hijo de puta por decir esto»”.


Podría también señalar lo bien que se ve en plena Hora clave el felipismo del gobernador Solá, cuando, en perfecto ejercicio de su propia doctrina, comienza una intervención haciéndose el boludo: “El presidente me llamó a las 7 de la tarde. Me sacó de una reunión de doscientos médicos donde estaba yo... [el destacado es suyo], este /.../, y me dijo: «Atención con la foto de Clarín de hoy, porque parece ser que allí uno de los muertos todavía está vivo»”. (El felipismo emerge cuando Solá se percata de haberse tildado en su egomanía y apela a la muletilla “este”, que le sirve para mitigar el silencio antes de retomar. También, obvio, cuando dice que se entera cómo fueron las cosas unas 24 horas después.)

Podría también comentar que las muletillas surgen cuando nos quedamos sin palabras pero que ese quedarse sin palabras no siempre es síntoma de dolo político sino también que puede indicar impotencia. Como cuando el hermano de Darío, Leonardo Santillán dice: “Estos hijos de puta lo matan a mi hermano ¡y nosotros somos los violentos? Siempre somos los mismos... Los mismos violentos de siempre somos nosotros, ¡no? Porque queremos mejorar nuestra calidad de vida, loco, porque queremos que las compañeras tengan lo que no pueden tener, loco. Por eso murió mi hermano, loco: porque estaba siempre acá.”.

Y como podría, lo hice.

La crisis causó 2 nuevas muertes